miércoles 11 de noviembre de 2009

Fin de semana alcarreño

Hace dos fines de semana alquilamos una casa rural en Horna, un pueblecito de Guadalajara. Cuando llegamos el viernes, nos fue difícil dar con la casa, pues las calles no tenían nombre. Era ya de noche, y el pueblo, que se halla en un alto, aparecía como un conjunto poco ordenado de casas en su mayoría bien conservadas, calles de tenue iluminación, corrales, fuentes, su iglesia, sus plazuelas, su plaza mayor... Pero a pesar de todos estos requisitos de “pueblo”, era algo irreal, casi fantasmal. Nos dimos cuenta de que no había luces en las casas, que todas las persianas estaban bajadas, que no había coches en las puertas. Allí no vivía nadie.

En ese fin de semana duplicamos la población de Horna. Siete habitantes tiene, siete éramos los forasteros. Siete “hornianos” y una fauna bastante nutrida. Sólo el vecino de en frente alimentaba a 27 gatetes. Un aficionado, pues su madre, q.e.p.d., había alcanzado los 34. El sábado, cuando salí a la plazuela vacía y soleada, comenzaron a aparecer los gatillos, de todas edades y colores. Tumbados al sol por aquí y por allá, bien alimentados, lustrosos... e intocables, silvestres. Hugo, el pequeño de nuestra familia, echó sus primeros pasos atraído por los mininos. Entre pequeños se entienden.

Desde nuestro retiro de tranquilidad, donde por las noches salíamos a fumar a un patio techado de miles de estrellas (ese negro cielo horadado que en las ciudades nos está vedado), hicimos una caminata por la Hoz del Río Dulce, hendidura en ese alto páramo alcarreño. Partimos de Pelegrina (que dicen significa “bella vista”) hasta La Cabrera y regreso, para continuar por una ruta circular que recorre la parte más estrecha y emboscada de la hoz, rodeados de álamos o chopos, y por encima de nuestras cabezas unos riscos de vértigo y algún que otro águila.

Por la noche nos homenajeamos con una “cena argentina” en la que no faltó su buena carnaza, un vino traído de allá (el famoso “Terrazas”) y esa cosa tan dulzona que llaman alfajores. Quisimos apoyar el mestizaje rematando con unos mojitos. Viva la América Latina. Zanjamos la faena con unas partidas de Pictionary, en las que demostramos las dotes que todos hemos heredado para la adivinación, que no para el dibujo. Divertidísimo. Sencilla velada.

Estas pequeñas escapadas en buena compañía a pueblos perdidos, aunque estén sólo a 100 kilómetros de nuestra ciudad, son una bendición, un lujo no muy caro. Puede que lo del “turismo rural” esté muy manoseado y a más de uno le dé sarpullido por masificado o desvirtuado, pero a mí me encanta que en estos pueblos habitados sólo por fantasmas, alguien se preocupe por rehabilitar una casa, decorarla, amueblarla cálidamente y ofrecértela a un precio muy llevadero. Y sólo a 100 kilómetros de la gran urbe.

lunes 21 de septiembre de 2009

Blanca era la noche

El sábado pasado fui a pasar mi primera noche blanca. Ya van cuatro ediciones de esta meganoche, y yo, que soy una especie de pueblerina que ve la capital como un lugar remoto y amenazante, aún no me había estrenado en este maratón cultural.


Por la mañana intenté hacerme mi propio mapa seleccionando lo que me llamaba más la atención de la maraña de actos, conciertos, teatros, teatrillos, performances, happenings y todo tipo de eventos underground, que hacían una lista de casis 200 “manifestaciones artísticas”. Opté por no comerme mucho el tarro, pasar de lo que se desarrollase en recintos cerrados y tirarme a la calle, a ser posible donde hubiese música y efectos lumínicos.


Recogí a M. en su casa y nos fuimos, como las autoridades recomiendan, en transporte público. En el metro iba todo Madrid, menos algún despistado que no se hubiera enterado de la Gran Noche.


Resumiré lo que nosotras vivimos: el asunto es que o llegábamos tarde o llegábamos pronto a los actos elegidos; siempre teníamos a la muchedumbre en sentido opuesto al nuestro, yo creo que les gustaba ir a contra corriente; nos pasamos la noche en un triángulo que partió desde Sol hacia al paseo del Prado, Huertas y Barrio de las Letras, así todo el rato intentando pillar el compás. No sé por qué M. y yo siempre andamos desubicadas.


Y lo que era en el programa una increíble y acojonante transformación de la ciudad, un halo de luz verde mágico, un burro gigante en la plaza de Atocha, danza y coreografías haciendo vibrar el paseo del Prado, etc. etc., se traducía en unas consolas encima de las farolas, una silueta plana del burrico, unas pantallas con profesor de danza pregrabado... No sé, es como cuando en un restaurante de esos caros, de alta cocina, lees la carta y, aparte de entender menos de la mitad, te imaginas que te vas a poner como dios, por lo largo que es el título del plato, y luego te traen una gambita rodeada de lechugas. Pues eso, aquí el mérito lo tiene el que ha diseñado el Programa, que ha vestido el muñeco de maravilla, pero la realidad no era para tanto. Bien, eso es ahorrar, que no estamos para despilfarros.


A pesar de esa pequeña decepción, la Noche era Mágica realmente. Lo mejor, las calles principales de Madrid cortadas al tráfico, y la gente tomándolas de noche. Gente de todo tipo, edad, procedencia. Con ganas de pasarlo bien, de disfrutar de la calle, e incluso de hacer colas. Gente andando, bailando, en patines, en bici. Música callejera de bandas municipales, o de bandas de jazz, o batucada a la puerta del Ateneo ante el clamor popular que reventaba la estrecha calle, rumba catalana en el Círculo... La Gran Vía vestida de colores, reiluminada sólo para nuestros ojos. Bullicio, música, globos al aire, fiesta, la calle tomada.


Me gustó, sí señores.


La vuelta en Metro a las 3 de la mañana igual de apretadita que a la ida. Y es que “semos” legión.



jueves 3 de septiembre de 2009

El lado izquierdo


Anoche terminé de leer Dos mujeres en Praga, de Millás.

Cerré el libro y me quedé tumbada dándole vueltas a la historia. Hay un personaje, una mujer, cuyo propósito consiste en vivir la vida desde el lado izquierdo y, así, escribir un libro zurdo, concretamente sobre el lumbago (o quizá sobre el l'um bago, "el ojo vago").

La zurda vocacional se esfuerza en paralizar todo su lado derecho, incluyendo un parche en el ojo, y activar el izquierdo, el otro lado de la lente, otra visión de la realidad, o una realidad nueva habitada por lo imaginario, lo ilusorio, lo irreal, lo no esperado...; en definitiva, una forma de insubordinación a lo establecido y previsible. Un orden distinto.

Tumbada en la cama comencé a identificar todos los dolores que, tras sus propias vacaciones, han regresado. Y para mi sorpresa, hallé que todos están localizados en el lado derecho: la contractura perpetua debajo de la escápula, el renovado lumbago de la región lumbar oriental, los dolores que éste me proyecta hacia la nalga y pierna del mismo lado, el gemelo tocado y, para rematar, los residuos de un esguince de primer grado en el pie, el derecho, claro.

Caí en que debo de tener una sobrecarga de uso de lo diestro, porque lo zurdo está indemne, sin daño alguno, a estrenar casi. No sé si a estas alturas se puede recuperar una vida zocata, en vez de zoqueta; si ya estoy irremediablemente perdida para mirar y vivir "desde el otro lado", y si el hábito férreo de 38 años me condenará a habitar perpetuamente el territorio de lo previsible, de la realidad establecida y preconcebida, de la mirada convencional.

De momento, ahí, tumbada en la cama, bloqueé todo el lado derecho e hice unos estiramientos con los músculos zurdos, además de guiñar el ojo derecho. Quizá pueda empezar con suaves ejercicios para lograr, mediante el entrenamiento, una alternancia de ambos lados, que no sé en qué acabará pero al menos aliviará tanto achaque y magulladura de una vida como dios manda.

lunes 31 de agosto de 2009

Pájaros de barro

("Con arena en los bolsillos" de Manolo García)

Me he traído una ventana


Estas vacaciones no compré ningún souvenir de los lugares recorridos.
Ningún imán para la nevera, ninguna reproducción o cartel,
ningún barquito en miniatura, ningún faro.

Este año me traje una ventana.

Parece complicado, pero no lo es tanto.
La desarmé, la monté reducida en la tarjeta digital
y la volví a montar superponiéndola en esta otra ventana por la que miro ocho horas diarias.

Así, entre díptico y tríptico,
entre estudio y encuesta,
me asomo de vez en cuando
y veo lo mismo que veíamos en nuestro rincón de lectura del albergue de Los Oscos.

De acuerdo, algo falta.

Algo del aire puro de la montaña,
la calidez del sol en la nunca cuando le dabas la espalda,
el fresquillo repentino cuando caía la tarde,
el olor a hierba, a pastos, a árboles,
el silencio del valle,
la algarabía de pájaros o de alguna verbena popular,
la nube metida en la mañana temprana,
o su reverso negro de miles de estrellas.

Pero yo me la he traído,
y a ratos, entre correos e informes,
me asomo a respirar.